ONÉSIMO ORIÓN Y ESMERALDA
– CRIS.tal LEÓN –
Esa mañana de libros sin librería, el cielo deslucía espeso…
Un verbo añil descamado por lustros de desdén en estantes mates, porfiaba atravesar conciencias de copistas en una Babel de púberes invidentes…
Ropones de letrados agrupados halló Onésimo Orión presidiendo las alturas nimias de anaqueles segundones. Comparecían, tribunos, acorazados por mastines brutos sin dientes, cortesanas parásitas y santa oficialidad…
Entre la opacidad, quizás brilló breve, un ópalo con gafas. La señorialidad del poder tañó sinuosa advirtiendo de su presencia…
Onésimo sintíose jorobado sin visiones de reales damas, sendas abiertas a textos sagrados, catedrales ni cálices… Únicamente, aprendices de facsímiles.
Descorazonado, echó atrás la cabeza buscando el flamear de aguerridas banderas. Sólo las había imberbes y de paz. Renunció a blandir el acero artúrico. Y disponíase a trasponer aquellos mármoles agrisados y alejarse, mas resultó alcanzado por sendos meteoros de obsidiana cayendo a tierra, que lo detuvieron.
Orión hubo de empedrar la mirada fija en los fragmentos incandescentes de las piedras tiznadas vislumbradas, porque dentro, fulgía una Esmeralda…
El cazador no dudó. Herido por los rescoldos del carbón celeste, defendióse impetuoso. Disparó a aquellos ojos quemados, derecho al corazón».